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Un día Akemi me preguntó por mi vida sentimental tras haber lanzado al aire un suspiro provocado por el recuerdo inherente a los rumbos en los que caminábamos a pasos cortos. Fue una tarde de volanteo.
Mientras esperábamos en el punto de reunipon pactado a nuestros demás compañeros, le hablé a Akemi de la nostalgia tremenda que me traían esas calles, en las que años atrás empecé a vagar de la mano de Ruth, mi ex.novia, cuando todavía éramos adolescentes y ccomenzábamos a proyectar grandes sueños. Le hablé también de cómo lo seguimos haciendo a través del paso de los meses y de la forma en que lo nuestro se vino abajo, después de tan gloriosos momentos. De mis intentos vanos por sostener algo insostenible y de lo que fui capaz de sacrificar en pos de una pequeña posibilidad de seguir a su lado.
Pareció asombrarse de estos intentos míos, y me dijo que si a ella le pasara lo mismo con alguien...
...
...
...
Fue desde ese entonces que comenzamos a compartir cosas juntos. En breves capítulos, espacios y pláticas dentro del trabajo fui contando ocasionalmente a Akemi detalles de mi vida junto a Ruth. Incluso alguna vez la vimos pasar frente a la tienda, o a su madre con sus hermanas, y yo siempre se las señalaba.
Estoy seguro de que en esas ocasiones, en que Ruth o alguien de su familia atravesaba el estacionamiento frente a nosotros con rumbo al Centro Comercial, Akemi notaba en mis ojos una turbación muy especial, se daba cuenta de que me alteraba, literalmente se me salía el corazón y afloraba el dolor de un pasado que no podía dejar atrás. Tal vez me decubrió herido, y de esa compasión o ternura comenzóa tomarme afecto. Fue entoces cuando comenzó a regalarme dulces. a veces llegó al grado de avergonzarme, pues llegó a regalarme hasta 4 o 5 en un mismo día. Simplemente yo no sabía que hacer con tanto caramelo.
Supongo que endulzar mi vida en momentos tan tristes, fue el inicio de una amistad que, con el paso de una primavera calurosa a un verano lluvioso, germinó a un ritmo lento y cauteloso, hasta el cariño que actualmente sentimos el uno por el otro, el cual todavía, sigue madurando...
miércoles, noviembre 29, 2006
martes, noviembre 28, 2006
La mirada extraña
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En aquel tiempo en que llegaba el pumpitup a nuestro país y en especial a aquella ciudad sobre la que caía un inclemente sol, conocí a Montserrat.
De alguna u otra manera, fuimos haciendo camaradería al grado de ser casi uña y mugre. Los chicos la solían molestar porque vestía al estilo chola, o "chabo banda" y no femenina, como las amigas que teníamos que también comenzaban a bailar en el simulador. Estas burlas, a veces excesivas, provocaban en Montse una especie de indignación que me hacía suponer que aquellos rumores sobre su lesbianeidad, eran falsos.
Una tarde en especial, en que le molestaron mucho al estar practicando, se detuvo de pronto a media pista y salió del local, gritando fuertemente: ¡vámonos!.
Le seguí y una vez que me miró de frente, con la ira inyectada en sus ojos y el pulso todavía acelerado de Trashman en Crazy, me argumentó sentirse mal. Le dolía la cabeza, pues sufría fuertes ataques de migraña, consceuencia de una extraña enfermedad que comenzaba a desarrollársele, y me pidió que la acompañase al departamento de su hermano por su medicina.
Como éste se encontraba en plena zona céntrica y su hermano estaba fuera de la ciudad, arribamos al segundo piso de un negocio comercial en dónde se encontraba el apartamento en completa soledad. La amplitud de la sala y el extraño estilo decorativo del lugar me resultaron llamativos. Le veía nerviosa, y a la vez ansiosa, e incluso, por momentos me dió la impresión de que tenía ganas de llorar. Comenzó a platicarme sobre su equipo de fut-bol y me invitó a verla jugar a uno de sus partidos, me habló de su familia, del negocio de sus padres y la forma en la que este les absorbía a casi toda su familia dejándola a ella totalmente desatendida. "Todo el tiempo hago lo que quiero" -aseguró- "porque nunca me preguntan que pasa conmigo". Ecendió el televisor un rato y miramos juntos un partido del Atlas. Fue un sábado. Pronto cayó la noche. Habíamos estado desde la mañana vagando por la ciudad y teníamos ya casi una semana de hacerlo hasta el cansancio. Simplemente nos encontrábamos muy bien y esa semana ella había progresado mucho en su nivel de juego.
Cuando las luces de los faroles de la Calle Hidalgo se encendieron, iluminando la vista que daba desde el balcón, un dejo de tristeza pudo verse entre sus ojos.
-Se me antojo un helado -murumuró, y, recordándole que había una heladería Tucky justo debajo de nosotros abandonamos el departamento y salimos a respirar el aire nocturno que poco a poco refresacaba sobre el centro de Ciudad Valles.
Allí quedamos, en los escalones del local, comiendo un cono de galleta relleno con napolitano y cubierto con mini crispies. Sin un centavo ya en la bolsa nos miramos tras un silencio repentino y entonces me sujetó por ambos lados de la cara mirándome fijamente, y notándo una terrible turbación en su rostro le vi envidriar sus ojos a punto de derramar las lágrimas. Iba a decir algo, pero se le fue el aliento, por momentos pensé que hasta iba a intentar besarme, pero sea lo que sea que haya pensado hacer o decir, no pudo hacerlo, y detrás de su mirada y sus ojos tristes pude leer una desesperación terrible, una lucha contra los rechazos y las burlas de todos aquellos con los que jugábamos en el simulador, contra los rumores, contra una marginación terrible por una verdad que yo creía falsa y que no me había preocupado en considerar. Me di cuenta que mas allá de si aquellos rumores fueren ciertos o no, niguna persona, nadie de nosotros y de ningún lugar tenía derecho de provocar aquellas lágrimas que se negaban a salir de esos pequeños ojos ocultos por rubios mechones lacios.
Ya como a las 9 y media de la noche nos levantamos de allí, fuimos a dar otr avuelta y ene l camino se topó con su tía, quién tras entertenernos por unos minutos le pidió que cuidara un instante del local en lo que iba a ver a su padre. Como ya era muy tarde, me despedí de Montse, y volví a casa.
Me dije a mí mismo que aunque Montse fuera ese tipo de chicas, yo jamás me burlaría de ella ni hablaría en tono de morbo al respecto a sus espaldas.
En aquel tiempo en que llegaba el pumpitup a nuestro país y en especial a aquella ciudad sobre la que caía un inclemente sol, conocí a Montserrat.
De alguna u otra manera, fuimos haciendo camaradería al grado de ser casi uña y mugre. Los chicos la solían molestar porque vestía al estilo chola, o "chabo banda" y no femenina, como las amigas que teníamos que también comenzaban a bailar en el simulador. Estas burlas, a veces excesivas, provocaban en Montse una especie de indignación que me hacía suponer que aquellos rumores sobre su lesbianeidad, eran falsos.
Una tarde en especial, en que le molestaron mucho al estar practicando, se detuvo de pronto a media pista y salió del local, gritando fuertemente: ¡vámonos!.
Le seguí y una vez que me miró de frente, con la ira inyectada en sus ojos y el pulso todavía acelerado de Trashman en Crazy, me argumentó sentirse mal. Le dolía la cabeza, pues sufría fuertes ataques de migraña, consceuencia de una extraña enfermedad que comenzaba a desarrollársele, y me pidió que la acompañase al departamento de su hermano por su medicina.
Como éste se encontraba en plena zona céntrica y su hermano estaba fuera de la ciudad, arribamos al segundo piso de un negocio comercial en dónde se encontraba el apartamento en completa soledad. La amplitud de la sala y el extraño estilo decorativo del lugar me resultaron llamativos. Le veía nerviosa, y a la vez ansiosa, e incluso, por momentos me dió la impresión de que tenía ganas de llorar. Comenzó a platicarme sobre su equipo de fut-bol y me invitó a verla jugar a uno de sus partidos, me habló de su familia, del negocio de sus padres y la forma en la que este les absorbía a casi toda su familia dejándola a ella totalmente desatendida. "Todo el tiempo hago lo que quiero" -aseguró- "porque nunca me preguntan que pasa conmigo". Ecendió el televisor un rato y miramos juntos un partido del Atlas. Fue un sábado. Pronto cayó la noche. Habíamos estado desde la mañana vagando por la ciudad y teníamos ya casi una semana de hacerlo hasta el cansancio. Simplemente nos encontrábamos muy bien y esa semana ella había progresado mucho en su nivel de juego.
Cuando las luces de los faroles de la Calle Hidalgo se encendieron, iluminando la vista que daba desde el balcón, un dejo de tristeza pudo verse entre sus ojos.
-Se me antojo un helado -murumuró, y, recordándole que había una heladería Tucky justo debajo de nosotros abandonamos el departamento y salimos a respirar el aire nocturno que poco a poco refresacaba sobre el centro de Ciudad Valles.
Allí quedamos, en los escalones del local, comiendo un cono de galleta relleno con napolitano y cubierto con mini crispies. Sin un centavo ya en la bolsa nos miramos tras un silencio repentino y entonces me sujetó por ambos lados de la cara mirándome fijamente, y notándo una terrible turbación en su rostro le vi envidriar sus ojos a punto de derramar las lágrimas. Iba a decir algo, pero se le fue el aliento, por momentos pensé que hasta iba a intentar besarme, pero sea lo que sea que haya pensado hacer o decir, no pudo hacerlo, y detrás de su mirada y sus ojos tristes pude leer una desesperación terrible, una lucha contra los rechazos y las burlas de todos aquellos con los que jugábamos en el simulador, contra los rumores, contra una marginación terrible por una verdad que yo creía falsa y que no me había preocupado en considerar. Me di cuenta que mas allá de si aquellos rumores fueren ciertos o no, niguna persona, nadie de nosotros y de ningún lugar tenía derecho de provocar aquellas lágrimas que se negaban a salir de esos pequeños ojos ocultos por rubios mechones lacios.
Ya como a las 9 y media de la noche nos levantamos de allí, fuimos a dar otr avuelta y ene l camino se topó con su tía, quién tras entertenernos por unos minutos le pidió que cuidara un instante del local en lo que iba a ver a su padre. Como ya era muy tarde, me despedí de Montse, y volví a casa.
Me dije a mí mismo que aunque Montse fuera ese tipo de chicas, yo jamás me burlaría de ella ni hablaría en tono de morbo al respecto a sus espaldas.
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