martes, noviembre 28, 2006

La mirada extraña

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En aquel tiempo en que llegaba el pumpitup a nuestro país y en especial a aquella ciudad sobre la que caía un inclemente sol, conocí a Montserrat.

De alguna u otra manera, fuimos haciendo camaradería al grado de ser casi uña y mugre. Los chicos la solían molestar porque vestía al estilo chola, o "chabo banda" y no femenina, como las amigas que teníamos que también comenzaban a bailar en el simulador. Estas burlas, a veces excesivas, provocaban en Montse una especie de indignación que me hacía suponer que aquellos rumores sobre su lesbianeidad, eran falsos.

Una tarde en especial, en que le molestaron mucho al estar practicando, se detuvo de pronto a media pista y salió del local, gritando fuertemente: ¡vámonos!.

Le seguí y una vez que me miró de frente, con la ira inyectada en sus ojos y el pulso todavía acelerado de Trashman en Crazy, me argumentó sentirse mal. Le dolía la cabeza, pues sufría fuertes ataques de migraña, consceuencia de una extraña enfermedad que comenzaba a desarrollársele, y me pidió que la acompañase al departamento de su hermano por su medicina.

Como éste se encontraba en plena zona céntrica y su hermano estaba fuera de la ciudad, arribamos al segundo piso de un negocio comercial en dónde se encontraba el apartamento en completa soledad. La amplitud de la sala y el extraño estilo decorativo del lugar me resultaron llamativos. Le veía nerviosa, y a la vez ansiosa, e incluso, por momentos me dió la impresión de que tenía ganas de llorar. Comenzó a platicarme sobre su equipo de fut-bol y me invitó a verla jugar a uno de sus partidos, me habló de su familia, del negocio de sus padres y la forma en la que este les absorbía a casi toda su familia dejándola a ella totalmente desatendida. "Todo el tiempo hago lo que quiero" -aseguró- "porque nunca me preguntan que pasa conmigo". Ecendió el televisor un rato y miramos juntos un partido del Atlas. Fue un sábado. Pronto cayó la noche. Habíamos estado desde la mañana vagando por la ciudad y teníamos ya casi una semana de hacerlo hasta el cansancio. Simplemente nos encontrábamos muy bien y esa semana ella había progresado mucho en su nivel de juego.

Cuando las luces de los faroles de la Calle Hidalgo se encendieron, iluminando la vista que daba desde el balcón, un dejo de tristeza pudo verse entre sus ojos.

-Se me antojo un helado -murumuró, y, recordándole que había una heladería Tucky justo debajo de nosotros abandonamos el departamento y salimos a respirar el aire nocturno que poco a poco refresacaba sobre el centro de Ciudad Valles.

Allí quedamos, en los escalones del local, comiendo un cono de galleta relleno con napolitano y cubierto con mini crispies. Sin un centavo ya en la bolsa nos miramos tras un silencio repentino y entonces me sujetó por ambos lados de la cara mirándome fijamente, y notándo una terrible turbación en su rostro le vi envidriar sus ojos a punto de derramar las lágrimas. Iba a decir algo, pero se le fue el aliento, por momentos pensé que hasta iba a intentar besarme, pero sea lo que sea que haya pensado hacer o decir, no pudo hacerlo, y detrás de su mirada y sus ojos tristes pude leer una desesperación terrible, una lucha contra los rechazos y las burlas de todos aquellos con los que jugábamos en el simulador, contra los rumores, contra una marginación terrible por una verdad que yo creía falsa y que no me había preocupado en considerar. Me di cuenta que mas allá de si aquellos rumores fueren ciertos o no, niguna persona, nadie de nosotros y de ningún lugar tenía derecho de provocar aquellas lágrimas que se negaban a salir de esos pequeños ojos ocultos por rubios mechones lacios.

Ya como a las 9 y media de la noche nos levantamos de allí, fuimos a dar otr avuelta y ene l camino se topó con su tía, quién tras entertenernos por unos minutos le pidió que cuidara un instante del local en lo que iba a ver a su padre. Como ya era muy tarde, me despedí de Montse, y volví a casa.

Me dije a mí mismo que aunque Montse fuera ese tipo de chicas, yo jamás me burlaría de ella ni hablaría en tono de morbo al respecto a sus espaldas.

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