viernes, junio 13, 2008

fragmentos - irse...

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fragmento #17, no clasificado, la Vida de Akanzu Yotto

Brotes tiernos y verdes se veían ya en el árbol que crecía justo debajo del balcón de la habitación de Akanzu Yotto. La mañana posterior a la tarde en que se mirara desnuda en el espejo brillo nítida sobre las hojas del césped y en las de las enredaderas colgantes con un candor especial hacia las cuatro de la tarde.

Era una hora muy tranquila. La atención de Akanzu se centraba en el lejano trinar de un ave que llegaba con el viento a través de las ventanas. Terminaba su siesta luego de llegar del colegio y ahora, repentinamente como una concha que se abre espontáneamente para avanzar por el fondo del mar, abría sus ojos. Inmóvil, con la cara recostada en la blanca almohada permaneció un par de minutos tan solo pensando en lo que captaban sus sentidos. No se escuchaba ningún ruido en la parte baja de la casa, por lo que se pregunto si se hallaba sola. Por fuera circulaba un viento fresco y primaveral.

Akanzu sintió como si todo ello se tratara solo de un deja-vu, y revolviendo en su interior una mezcla de paz y energía al cabo de unos minutos se incorporó lentamente. Llegó hasta el barandal de piedra, apoyó sus brazos por encima de él y saco la cabeza hacia el exterior, intentando sumergir su rostro en el río de viento que transitaba por la calle de derecha a izquierda llevándose las hojas caídas de los árboles mas amarillas que se habían desprendido por la noche de sus ramas. Justo en el momento en que una pregunta comenzaba a formularse en su mente, escuchó cerrarse la puerta principal de la planta baja, deslizó su mirada en esa dirección y vio salir a su madre con un pequeño caballete bajo el brazo, y un bolso. Llevaba un vestido de falda larga color verde pistache, huaraches de piso y un sombrero de paja redondo con un girasol a un costado. Iba a sus clases de pintura.

Estuvo a punto de llamarle, pero algo en su interior la detuvo e hizo le quedar simplemente contemplando, como si por alguna razón no quisiera interrumpir el silencio de un momento tan auténtico e irrepetible, que en lugar de cortarlo de tajo con alguna frase o despedida cotidiana, muriera por si solo embebido en su singular belleza.

Desapareció tras unos segundos en la esquina de Cerezos y Avenida de las Aves. Akanzu la siguió con su mirada hasta que por calma e inmutabilidad exhalo un suspiro largo y profundo. Aquella mujer era su madre, contaba con poco más de treinta y seis primaveras y en aquel preciso momento era exactamente dos veces y media mayor que su hija. Nunca más volvería a serlo.

En cierto modo, aquella situación de ver a su madre alejarse sin que ella advirtiera que su hija la miraba desde el balcón sin decir nada se le figuro a Akanzu como una manifestación premonitoria de que algún día, en algún momento en que los días alcanzaran otros matices y otras nubes cubrieran el cielo, ella se iría, separándose así de aquel ser que le había dado la vida y al que amaba con todas sus fuerzas, con todo el amor que una hija siente por su madre...

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